A pocas horas de que comience el proceso eleccionario que terminará en octubre, esta instancia democrática se presenta más como una decisión moral entre el bien y el mal que como una elección tradicional.

O sea, no se presenta como una típica contienda ideológica, donde confrontan filosofías políticas diferentes, sino como una oportunidad obligada de elegir entre seguir restaurando una República donde impere la ley, o volver a aquella anarquía donde se imponía el sálvese quien pueda, o el indigno trueque de voluntades por efímeras prebendas.
Esta vez nada tienen que ver el peronismo o el radicalismo, la izquierda o la derecha, pues ninguna de estas filosofías consiente la inmoralidad ni, mucho menos, avalan la corrupción y el delito, sino que todas se embanderan en la moral.
La disyuntiva esta vez es "voto por mi bolsillo" o "voto por mis hijos", ya que el argumento de uno habla de reconstruir un país y los fantasmas del otro se concentran en el miedo a la coyuntura económica, la cual no es más ni menos que el costo de la reconstrucción.
De acuerdo a este contexto, esta vez podremos elegir entre volver a la discordia de un pasado de injusticia social y piratería política, o insistir en la áspera búsqueda de la deseada concordia general, a pesar de los costos que significa la impericia de quienes asumen por primera vez el digno desafío de la política.
Hoy, para recuperar una economía que nos permita aplicar la tan proclamada y aún pendiente redistribución justa de las riquezas, se debe sanear toda la realidad social, económica y cultural del país, la cual obedece al desgobierno de décadas y, definitivamente, no es cosa de un par de años.
O sea, para repartir la torta, primero debemos reconstruirla, lo cual no es tarea fácil.
En definitiva, esta vez se trata de elegir entre dos filosofías de gobierno: Aquella que sometía todas sus decisiones a su interés de mantenerse en el poder, indiferente a las demandas del país, o ésta que toma decisiones pensando en gobernar en beneficio del país, indiferente a una instancia electoral particular.
O sea, hace lo que tiene que hacer sin condicionarse por la simpatía de los votos.
Vale recordar que en estos sufragios se pone en juego la conformación del Congreso de la Nación, proporción que podría promover o no la implementación de indispensables políticas que nos devuelvan al Estado de Derecho, o bien definir el encubrimiento o no de corruptos o delincuentes, tal como se definió en el caso De Vido.
Ahora bien, elijamos lo que elijamos, sea Cristina o Mauricio, la elección es de cada uno, pues ya cada uno sabe bien qué es lo que estamos eligiendo. El futuro es nuestro, hagámonos cargo de lo que hagamos y no culpemos más a nadie.
Norman Robson para Gualeguay21