Celebramos este 11 de septiembre el día del Maestro y dentro de poquitos días, el 17, el del Profesor. Estas dos fechas nos ayudan a prestar atención a los docentes y al acontecimiento educativo.

Miremos primero a quienes se dedican a la tarea educativa con niños, en el nivel inicial y primario. Tienen la hermosa tarea, y a veces ardua y difícil, de tener que iniciar a los niños en los valores humanos y evangélicos como una bella enseñanza para la vida. Desplegar la imaginación en los cuentos, ayudar a dialogar. ¡Cómo nos cuesta a los adultos dialogar, escucharnos! A veces pienso que nuestra educación (la de los “grandes”) fue floja en ayudarnos a dialogar. En el tiempo de la infancia aprendemos e incorporamos (o no) las cualidades que nos ayudan a la vida en familia. Las crisis y dificultades que se manifiestan en faltas de tolerancia o problemas de convivencia son carencias no bien resueltas en la niñez.
Es el tiempo para descubrir a Jesús como amigo y ayudar a acercarse a su Palabra. De mostrar aquellos valores que a veces vienen de la propia familia y otros hay que ir incorporando en la escuela, como es la búsqueda de la verdad; el aprecio por la sinceridad; cuidar a los más frágiles, a los más débiles; ser generosos y serviciales; tener una mirada, podríamos decir, iluminada por la Palabra de Dios acerca de los bienes de la creación y el don del propio cuerpo que ayude a ir teniendo una preparación remota para la vida familiar y el amor. ¡Qué importante la educación para el amor! La educación sexual integral.
Ya en la adolescencia y juventud, la tarea está orientada a poder afianzar aquellos valores adquiridos en los primeros años de escolaridad. Pero también abiertos a la trascendencia; a la búsqueda de un mundo nuevo; a poder soñar con la paz, con la justicia, la libertad; todos anhelos y sueños puestos por Dios en el corazón humano. Como dice el documento de Aparecida, todos esos anhelos, “vienen de Dios y claman por Dios”. En esas búsquedas profundas, la tarea del docente consiste en mostrar horizontes de sentido, apuntar alto, buscar aquellos ideales más nobles e importantes. Para que sueñen con un mundo nuevo. Es el momento de alentar ideales y utopías. Ayudar a discernir entre ellas y las fantasías fugaces que a veces ofrece la droga, el alcohol, la violencia. Despertar corazones magnánimos capaces de entregar la vida en la búsqueda de ideales, y a la vez comprometidos con los pobres concretos del barrio vecino o con los refugiados en Haití o Europa, o con los que sufren las guerras y persecuciones.
Francisco también nos dice que, “una auténtica fe que nunca es cómoda e individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (EG 183).
Es importante cuidarnos de la “cultura del descarte”, del uso y tiro. Fomentar iniciativas solidarias con los pobres y amigables con la creación.
Los sueños y los anhelos no nos tienen que hacer apartar de lo que es la situación concreta del sufrimiento que muchos viven, por eso tener el corazón en el cielo y los pies sobre la tierra. Y los maestros y profesores pueden encauzar y promover estos valores en la vida de nuestros niños y jóvenes.
En estos días (del 6 al 10 de septiembre), la visita del Papa Francisco a Colombia lleva un sólido y claro mensaje de paz al pueblo colombiano. “Demos el primer paso” es su lema y se comprueba en cada encuentro, en cada saludo. Demos el primer paso hacia el otro, mi prójimo. Le dijo a los jóvenes el día de su llegada a Bogotá que “no se dejen robar la alegría, la esperanza”, a los obispos del CELAM les pidió que trabajen para el reino “con pasión” e insistió en el “discipulado misionero” de Aparecida, en su primera misa en el Parque Simón Bolívar pidió a los colombianos “ser constructores de la paz, promotores de la vida”.
Aprendamos de esta catequesis de nuestro querido Papa en su andar por tierra colombiana. Que podamos también aplicar esas intenciones en nuestras vidas personales y comunitarias. Alegría, pasión, paz.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral social