Nahir y Fernando eran dos jovencitos, cada uno hijo de una familia, pero el destino les impuso un drama, una tragedia, y, más allá de las culpas y responsabilidades que determine la Justicia, veo a ambos como víctimas de la violencia arraigada en nuestra sociedad.

Dos gurises, uno muerto y la otra presa, ambas vidas dilapidadas, ambas familias destruidas, para mi son el saldo exclusivo de un contexto de violencia, más allá de lo que determine la Justicia.
Sean cuales sean las circunstancias en que Nahir asesinó a Fernando, sea cual sea el contexto de tan horrendo crimen, no me atrevo a culpar de nada a ninguno de los dos, sino que culpo a nuestra sociedad por el marco de violencia al que condenamos a vivir a nuestros gurises.
Que él era un santo o que ella era un ángel quedan fuera de discusión cuando, aún adolescentes, uno tomó una pistola y asesinó al otro de dos tiros, impiadosamente.
No puedo endilgar a ningún gurí o gurisa adolescente la culpabilidad de un homicidio a sangre fría, menos en el contexto de violencia naturalizada al que los condenamos, pues solo la violencia naturalizada en sus vidas puede desencadenar tan terrible desenlace.
No me atrevo a perder de vista, o ignorar, sus edades, ponderar su madurez comparándola con la de mis hijos. No puedo resumir el nefasto impacto del flagelo de la violencia en nuestra sociedad a una sentencia ni a una condena.
No puedo evadir, disimular, o esconder, tal flagelo concentrando la mirada en los pormenores del hecho y no en el verdadero origen del problema. Dejo eso a la Justicia, yo no puedo. No podemos. No podemos hacernos más los boludos, porque mañana puede ser mi hijo, mi hija, mi nieto, mi nieta.
Considero imperativo reconocer el flagelo de la violencia instalada en nuestra sociedad, en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestro club, en nuestra calle, en nuestra vida diaria, porque es allí donde radica la génesis de este tipo de hechos.
Salvo casos extraordinarios, que la Justicia sabrá determinar si este lo es, los gurises, por más enojados que estén, no dirimen sus problemas tomando una pistola y emprendiéndola a los tiros contra la razón de su enojo.
Puede que Nahir no haya sido un ángel, o que Fernando no haya sido un santo, pero el trágico final los exculpa, porque, sea como haya sido todo, ambos son víctimas de una sociedad que consintió que la violencia sea parte de sus vidas.
Insisto: Dos gurises, uno muerto y la otra presa, ambas vidas dilapidadas, ambas familias destruidas, son el saldo exclusivo de un contexto de violencia, más allá de lo que determine la Justicia.
Norman Robson para Gualeguay21