Imprimir

A través de una mirada atenta a nuestra realidad, sea la del hogar o la del trabajo, la del club o la del bar, la del mercado o la de la peluquería, veremos que en todos estos lugares existe un factor común: una creciente indiferencia por nuestro destino político.

O sea que, si revisamos nuestros espacios de convivencia, encontraremos que entre nuestros interlocutores, más allá de sus pretensiones particulares, impera una profunda descreencia en el sistema, la cual se ha convertido en un profundo desencanto por la política, por los políticos, y por todo lo que ésta y éstos implican.

Incluso el orden y la justicia. Ya no hay expectativas, sino resignación. Pasa que la Argentina eligió el cambio, pero no solo aquel de reemplazar la corrupción por decencia, sino, también, aquel que reemplace el desgobierno con gobierno. Y, al desencontrarse con el gobierno, como que se ha rendido. Como que ya no cree en nada.

Su larga historia de desaciertos democráticos, más su patética dirigencia política, no alientan la confianza en que el cambio se consolide en mejora. No hay indicios de que algo bueno pueda pasar, ni de que alguien de los que se ofrecen no sea más de lo mismo.

Tal es el desencanto que, ya en un año electoral, a nadie parece importarle si tal o cual partido propone a mengano o a sultano, ya que, para la general, la mayoría no está interesada en gobernar, y, los que sí, no están capacitados para hacerlo.

De este modo, en este imperio del desencanto, la elección vuelve a ser por descarte, y el argumento que vuelve a primar es la decencia. No elegiremos al mejor para gobernar, sino al más decente, aunque sea un desastre gobernando, pues solo la decencia puede, algún día, dar a luz un gobierno. Nunca lo haría la corrupción.

En otras palabras, sumido en el desencanto, y obligado a elegir por descarte, el argentino no dará un paso atrás restaurando la indecencia. No lo hará ni en la peor de las crisis económicas. Sólo elegirá caminos que le permitan soñar con tener alguna vez gobierno.

Lamentablemente, ese desencanto, lo aleja de la política, cuando, en realidad, solo saldremos de esta condena acercándonos a la política, participando de la sociedad, comprometiéndonos con el destino común.

Norman Robson para Gualeguay21