Es una tarde excepcional de sábado y la cita es en el predio de la Rural. Allí la naturaleza se presta cordial como escenario para el proyecto de El Cobijo, el sueño de dos gualeyas que se va haciendo realidad.
Gurises con alguna discapacidad, acompañados de sus familias, van llegando a la cita. Se los identifica por la ansiedad que solo es contenida por el cariño con que son recibidos y entretenidos hasta que les llega el turno.

Uri y Chicholina son las adoradas bestias que mansamente se prestan a la tarea terapéutica de la mano del nutrido grupo de El Cobijo. A veces por la pista central, otras por las calles internas de los corrales, y otras a campo abierto, pero siempre rodeado de expertas y cariñosas manos.
Cada gurí recibe su adecuado tratamiento, concebido según sus características especiales, mientras papás y mamás no solo miran, sino que se suman. Ayudan, acompañan en la contención, ceban mate.
El clima es intenso tanto en amor y cariño como en paciencia y tolerancia. El ritmo lo impone la demanda de los gurises, que se contrapone con la mansedumbre de los caballos.
Las responsables de esta iniciativa son Clara Valor y Luciana Aquino, pero detrás de ellas hay un apasionado ejército de voluntades y profesiones: Griselda, Mariela, Patricia, Mayra, Juan Carlos, Federico, Analía, Valeria, Sabrina, Pepe, solo por mencionar algunas.

Ninguna duda en dedicarle todo el sábado a este sueño que ya es proyecto y pronto será fundación. Hace dos meses que comenzaron y, salvo las lluvias, todo les sonríe.
Clara y Luciana, cada una por su parte, se capacitaron para esto junto a María de los Ángeles Kalbermatter en la Escuela de Equinoterapia de la Asociación Argentina de Actividades Ecuestres para Discapacitados, en el Hipódromo de Palermo, en la Fundación Al Reparo, en San Isidro, en el facultad de ciencias veterinarias en Casilda, en Santa Fe, y en la Fundación Cordobesa de Equinoterapia.
Entre los demás que hacen esto posible hay desde troperos y petiseros hasta maestras especiales y sicólogas. Todos pendientes de cada uno desde que llegan, recibiéndolos, ayudándolos a montar, guiándolos, cuidándolos, entreteniéndolos.
La idea nació en 2015, pero se comenzó con ella en julio pasado. Las chicas no alcanzan a expresar su agradecimiento a la Rural por su apoyo cediéndoles el predio, ya que si su apoyo este proyecto todavía no habría comenzado. Y si es por agradecer aseguran que la lista es larga, pues hay toda una estructura y una operación que solo pueden afrontar gracias al invaluable aporte de muchos.
Bien temprano, cada sábado, comienzan los aprontes. Que los caballos, que la chata, que el carrilín, que el veterinario, que los gurises, que los juegos, que…
De ese modo, los chicos pueden experimentar texturas, temperaturas y latidos al ritmo del andar Uri y Chicholina. Intiman con ellos. Los sienten. De a poquito van liberando sus cuerpos al paso de los caballos, siempre guiados por la calidez del grupo. Conforme pasa el rato se puede comprobar como la terapia impacta en ellos emocional y físicamente.

Hoy la Fundación ya está en trámite para consolidar esta conjunción de amor a los niños y pasión por los caballos en pos de un costoso servicio de salud alternativa que aún no está concebido por las obras sociales.
El camino que enfrentan es arduo, pero quienes experimentamos junto a ellos esa hermosa tarea no dudamos de que el éxito esté asegurado.
El sol comienza a caer. Los mates van de mano en mano. Dulce, amargo, para todos los gustos. Es tiempo de musicoterapia. El ritmo lo pone una guitarra rodeada por los gurises que la acompañan con improvisados tambores. Otros se fascinan haciendo burbujas de jabón. Otros, los más audaces, cortan pasto y le dan de comer a Uri y Chicholina.
Las sonrisas de Emilia, Stefi, Gabriel, Tobías, Eloy, Mateo, León, Iñaki, Alma, Antonio, Francisco y Emanuel son la más preciada recompensa por tanto esfuerzo.
Norman Robson para Gualeguay21